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Don Isaias PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Byron Tejeda   
Jueves 07 de Mayo de 2009 03:44
Que cien años no son nada 
Escribe Elgi Walter Boteo García  5927-1345
 
Hay una canción, un tango  famoso que cantaba Libertad Lamarque con un gran sentimiento en sus peliculas, aquellas de corte romántico, en la que con sus labios color carmesí profundo a los  jóvenes los hacia pensar que sabor tendría un beso matizado con aquel color. En esa canción, ese tango más o menos habla que veinte años no son nada para recordar un amor encarnado en los más profundo del corazón,  traducción no literal de la canción. Pues bien podría decirse que para don  Isaías Robles, don Chaía, como lo conocimos, cien años no fueron nada para vivir con los pies en contacto con el planeta tierra. Quizá el fue un pionero de las teorías holisticas que hablan del contacto directo con el globo terraqueo, pues gustaba de andar descalzo, haciendo caso omiso de guijarros, espinas y chayes.  A lo mejor tambien su alma era a prueba de cortadas y puyones, porque solo asi se puede llegar invicto a los cien años. Vivir un siglo, es decir tener vivencias e historias para contar a granel, haber sido bendecido por el Arquitecto del Universo, con dos ojos añejos acostumbradps a ver miles de amaneceres y anocheceres. Cien años, cuantos insomnios, pero tambien cuantos noches de sueño plácido en que los angeles pareciera que de verdad acamparan alrededor de don Chaía para velar por su sueños.  Don Chaía nació para ser un guerrero del tiempo, para vencerlo con la espada del coraje, porque se pasó tres años del siglo. Estuvo en este mundo de encuentros y desencuentros ciento  tres años. Cosa curiosa fue un "cuas" o sea un gran cuate y compañero de don Ruperto García Mejía, el Ruiseñor de la Verapaz, llamado así por su maestría para tocar el violón. Lo curioso de esta amistad es que los dos vivieron más de cien años. Tenían la sana,. verdaderamente sana costumbre, de sentarse bajo la ceiba del parque central de Salamá a desestresarse viendo  como todo mundo corría " de aqui payá" como decía el Piporro en sus canciones. A lo  mejor les daba risa que todos andaban despepitados, mientras ellos ya habían recorrido lo que les tocaba. Sonrientes, con elegantes mejillas saturadas del rubor artificial que dan las aguas espirituosas con ojos centenarios veían el mundo pasar. Si la la nueva ley de Armas Municiones hubiera estado vigente, en los años de la amistad de estos dos venerables caballeros salamatecos quiza los agentes de la autoridad los hubieran cacheado por  portar OVNIS, Objetos de Vidrio No identificado en la bolsa trasera de los pantalones de cada uno. Pero no eran armas las que portaban sino unos frascos de vidrio, unas veces con una etiqueta con la imagen de una guatemalteca de Quetzaltenango  y otras con un aninalito de ramiicados cuernos y ojos grandes más conocido como venado. Esas eran las armas que don Chaía y don Peto usaban para tomar ánimo ante la vida, aún con un siglo de permanencia voluntaria en el gran teatro que es la vida, donde unas veces nos toca vivir dramas, otras comedias y otras tragedias.  Dándole sorbitos a cada rato a sus "octavianos" estos memorables salamatecos pasaban el día. Don Chaía  usaba un sombrerito de vicuña  que le daba un aire especial a su sonrisa de niño.  Era de oficio panadero y no vaya a creer usted que el aprendió a hacer ojaldras, cubiletes, royales, franceses, champurradas y más a la pura brava. No.  Era egresado de la Escuela de Artes y Oficios de Totonicapan con el diploma de Panificador. Alguna vez pude ver su diploma en la sala de su sencilla pero honorable casa ubicada cerca de la Cueva del Club de Leones. La sala de ladrillo de barrio olorosa a hùmedo me recuerda la vez que con orgullo me dijo que aun recordaba sus días de estudiante en aquella escuela y el elegante diploma, resistente a los embates del tiempo, engalanaba la sala. Imagino que don Chaía era originario de Totonicapán, pero que como a muchos, muchos más ,el corazón se le quedó amarrado en las panaderías salamatecas y sinito que los huevos de las gallinas con sus yemas coloradas y la manteca de cerdo que se usaba antes tenían algo especial que bien merecía quedarse para contribuir a los gustos culinarios del pueblo salamateco. Algunas veces, cuando el sol jugaba columpio con las nubes de la tarde don Chaía iba con un delicioso pastel elaborado por él a entregarlo. Creo que nadie puede acusarlo de serio, pues tenía un rostro sonriente, y digo que también un alma, y saludaba a veces quitándose su  elegante y coqueto sombrerito de vicuña con una  inclinación de cabeza.  Era don Chaía un caballero que en su cuenta de haberes tenía algo muy  preciado, el aprecio de todos. No recuerdo que nadie se burlara de él y era un honor ayudarlo a cruzar la calle frente al parque pues no en cualquier tiempo se podía tomar del brazo a un ciudadano de l03 años que fue los que vivio, y no en cama, ni en silla de ruedas sino pasando por el parque observando  a la gente con unos ojos muy vivaces. Me contaba don Margarito, un honorable barredor del parque, una vez que juntos vimos entrar a don Chaía a la iglesia parroquial de San Mateo Apostol, que don Chaía entraba tres veces a la iglesia a pedirle al Buen Dios que le ordenara que tomara su equipaje espiritual y armara viaje para el cielo. Digo para el cielo, porque en una sociedad tan convulsa ya no quedan  tantos ciudadanos como don Chaía que se gane el derecho a vivir un siglo más tres años, quiza se lo gano por ser como un niño. Pero sin ánimo de entrar en polémicas con don Lito, el honorable barrendero, creo que don Chaía entraba a la iglesia a agradecer por el privilegio de ser un longevo. Más de algún pintor hizo el retraro de don Chaía, creo que el venerable anciano merecía ser eternizado en el arte por las razones ya apuntadas. Los dos, don Chaía y don Peto ya están en el cielo y menos mal que las huestes celestiales están llenas de amor verdadero y nunca los molestarán por portar sus OVNIS (Objetos de Vidrio No Identificado), porque de sorbito en sorbito del agua que ataranta ellos caminaron por las veredas, caminos, calzadas y autopistas de este mundo materialista, porque al final de cuentas eran bebedores normales y nigún A.A. que se precie de serlo les hubiera pasado el mensaje porque nuncia hicieron escándalos y cuando veían un chonte los saludaban con respeto y tampoco pasditos de licor dijeron cosas indecorosas a dama alguna. ¿Y eso no es beber con decencia, pues?